Paola Krum, una de las actrices más queridas del teatro y la televisión, regresa a los escenarios con la misma pasión que la caracterizó en sus inicios. En esta ocasión, comparte cartel con Pablo Echarri en *Maldita Felicidad*, una obra dirigida por Daniel Veronese que promete explorar los matices más profundos de la búsqueda humana por la alegría, el amor y la aceptación. Para Krum, volver al teatro no es solo un reencuentro profesional, sino una experiencia casi íntima, cargada de emociones que la transportan a sus primeros años sobre las tablas. “Es como volver al amor”, confiesa con una sonrisa que delata la intensidad de sus sentimientos. “Me enamoré otra vez, de ese ritmo, de esa energía que solo el teatro puede darte”.
La actriz no oculta su fascinación por el proceso creativo que implica montar una obra, desde los ensayos hasta el contacto directo con el público. Sin embargo, también reconoce que el mundo del espectáculo ha cambiado, y con él, los hábitos de quienes asisten a las funciones. “El público ya no es el mismo de antes”, reflexiona. “Aferrarse a la nostalgia puede ser un lastre. La industria y la vida misma nos exigen adaptarnos, aceptar que todo está en constante movimiento”. En *Maldita Felicidad*, esa adaptación se convierte en un tema central: la felicidad no es un estado permanente, sino un territorio frágil, a veces esquivo, que se construye entre risas y lágrimas.
El reencuentro con Echarri, con quien comparte una complicidad que trasciende lo profesional, añade un valor especial a la obra. “Con Pablo nos entendemos con una mirada, tenemos un código, un lenguaje en común”, explica Krum. “Es un lujo trabajar con alguien así, porque la confianza se nota en escena”. La dinámica entre ambos actores, sumada a la presencia de figuras como Carlos Portaluppi, enriquece una propuesta que oscila entre la comedia y el drama, siempre con la felicidad como eje narrativo. Pero, ¿qué significa realmente esa “maldita felicidad” que da título a la obra? Para Krum, es una paradoja: algo que todos anhelamos, pero que, al mismo tiempo, puede volverse una carga cuando se convierte en una obsesión.
La actriz recuerda con nostalgia otros momentos de su carrera, como el reconocimiento que obtuvo el elenco de *Montecristo* en 2007, cuando recibieron el Martín Fierro de Oro. Sin embargo, más allá de los premios, lo que realmente extraña es la conexión con el público, ese intercambio único que solo el teatro puede ofrecer. “Hay una sed de historias locales, de ver reflejados en escena los conflictos y las alegrías que nos atraviesan como sociedad”, señala. En un mundo donde el entretenimiento se consume cada vez más a través de pantallas, Krum defiende el valor de lo presencial, de ese instante en el que el actor y el espectador comparten un mismo espacio, una misma emoción.
La búsqueda de la felicidad, tema recurrente en la obra, es también una pregunta que la actriz se hace a sí misma. “Todos pasamos por momentos de tristeza, de dolor, de angustia”, admite. “Pero la felicidad no es la ausencia de esas emociones, sino la capacidad de transitar por ellas sin perder de vista lo que nos hace sentir vivos”. En *Maldita Felicidad*, ese viaje se representa con honestidad, sin filtros, mostrando que la alegría y el sufrimiento no son opuestos, sino dos caras de una misma moneda. Para Krum, el equilibrio está en aceptar que la vida es un constante ir y venir entre ambos extremos, y que, al final, lo importante no es encontrar la felicidad perfecta, sino aprender a habitarla en todas sus formas.


